FOMENTANDO LA LECTURA: KAMISHIBAI

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Conocí los Kamishibai de la mano de Estela Valverde, la directora de Goli Goli Teatro, con “Nunca fuimos dinosaurios”. El modo de contar historias a través de este “teatro de papel” (que es lo que verdaderamente significa) me fascinó por la capacidad de concentración que proyectaba en los niños, y el modo de teatralizar en miniatura.

El kamishibai es un modo antiguo de contar historias, japonés, que nació allá por el siglo XII para que los monjes dieran información (no siempre literaria) a personas analfabetas.

Luego desapareció en el tiempo, pero en 1920, con la crisis las mentes se agudizaron, y hete aquí que fue un modo de buscar trabajo. Los gaito kamishibaiya (hombres del kamishibai) se presentaban en los pueblos, se situaban en la plaza, golpeaban como reclamo sus palos de madera, y cuando había suficientes niños congregados sacaban el butai (la pieza de madera con la que se cuentan los cuentos, el teatrillo), relataban la historia, y posteriormente les vendían golosinas.

Me gustó tanto esto (el kamishibai como su historia fascinante) que quise hacerme con uno. Hay páginas web especializadas en ello: en proporcionarte el butai y también las láminas para contar los cuentos.

Pero mi marido, que es un manitas, me lo hizo. Hay tutoriales por internet donde te explica cómo hacerlo, y en cartón. Mi marido me lo hizo en madera. Aquí tenéis las fotos:

La mayoría de los butai tienen la parte de atrás “abierta”, para leer la lámina mientras la enseñas. Nuestro butai está cerrado: yo prefiero asomar un poco la cabezuca por encima, comprobar que estoy enseñando la lámina adecuada, e ir relatando la historia. No me gusta leerla. He de llevarla somatizada.

Despuès de tener el butai hecho barajé qué historia contar. Me avisaron para ir al colegio de mi hijo, durante la Semana Cultural, y contar un kamishibai “para los más pequeños” relacionado con el Arte.

¿Qué cuento podría contar yo? ¿Cómo imprimir sus hojas para que fuesen en A3?

Al final, me decidí por “¡Ojo, oso!” por dos razones sencillísimas:

  • Es fácil de dibujar (compré láminas de kamishibai por internet: son hojas A3 pero un poco acartonizadas).
  • Era un modo de demostrar a los niños que se puede hacer un cuento, una historia, un dibujo glorioso… sólo con círculos y rayas (que es lo que compone este cuento).

Así, en casa, con mis niños, me puse manos a la obra. Algunas láminas las pinté yo, otras Rafa (3 años); algunas a cera, otras con rotulador, un par con acuarela (Rafa). Compré en una papelería hojas rojas (para simular el “De repente…”) y otras negras. A las negras les pegaba Rafa un círculo blanco, después de haber cortado un montón que yo previamente había dibujado (el bebé se limitaba a chuperretear todo lo que dejábamos a su alcance. Hubo que quitarle unas tijeras).

Nos llevó dos mañanas, así que ya sabéis: salen dos talleres de manualidades de una actividad como ésta.

Después de eso, ya tenía mi “kamishibai”. Qué orgullo, qué bonito, seguro que a los pequeños les iba a encantar.

Pero resulta que no eran tan pequeños.

Me envían el programa para la semana cultural y veo que tengo representaciones varias. A los de primero de infantil… pero también a los de segundo, tercero. Y a los de primaria!!!

Empiezo a sudar. “¡Ojo, oso!” es una historia para niños de 3 años. ¿Qué hago yo con los de 8? Es demasiado tarde para cambiar y hacer otro cuento (y demasiado difícil: yo no sé dibujar).

Así que la tarde previa a la representación practico y practico con mis hijos, que son un público excelente. Al principio me animo con el entusiasmo de Juan, el bebé, con sus aplausos y risas, hasta que se voltea y veo que le dedica los mismos aplausos a la pared, incluso con más brío.

Rafa, con sus 3 años, resulta ser un socio excelente, que me da ideas y me recuerda todas las cosas que hemos aprendido, estos años, yendo a los bebécuentos de Puppy’s Cuentacuentos, a las clases de Goli-Goli, a los conciertos de Tempo

Así que, entre los dos, decidimos aunarlo, y al día siguiente, además del butai, porto al colegio todos los instrumentos musicales que tenemos por casa.

La primera representación es la más difícil, los niños de 8 años. Ángeles, la vicepresidenta del AMPA, vecina, amiga y madre de una de las niñas, se queda conmigo y está entre los niños, lo que me sirve de gran ayuda.

Le explico a los no tan peques quién soy, les cuento la historia del Kamishibai (posteriormente Ángeles me aconseja que esa parte no la haga tan deprisa, que hable más despacio, lo que resultó ser un consejo excelente), les enseño el butai, y les pido su colaboración para contar un cuento de pequeños.

Así, mi sobrina sale a ayudarme con las hojas y a golpear un tambor en cierto momento de la obra. Otra niña toca el ukelele cuando yo se lo pido, y otra otro instrumento.

Al resto del público lo divido. Unos simularán pasos, otros gritarán “patapum”, y el resto “cayó por un agujero” (para entenderlo mejor, pinchad aquí).

Con todo este teatro, este gritar, este participar.. conseguimos que el kamishibai quede chulo. Nos ha llevado media hora de la hora que tenemos. Ángeles (que debieron llamarla así porque fue un ángel para mí en esos momentos) trae hojas de DIN-A3, dividimos a los niños en grupos de 5, y cada grupo tiene que coordinarse para hacer una ilustración, que luego se juntarán con el resto (bueno, cada una con los de su clase) y se las tendrán que apañar para unirlas y contar una historia.

La siguiente hora son algo más pequeños y yo estoy más tranquila. Corrijo errores:

  • Hablo más despacio.
  • Los niños que tocan instrumentos no salen conmigo al escenario (que los pobres entonces no ven el kamishibai).
  • Reparto con más criterio los instrumentos.
  • A la hora de dibujar el kamishibai, dividimos en grupos de tres. Y lo hacen las profesoras, que saben mejor a quien juntar con quién.
  • Cada lámina es una historia en sí misma.

Estos niños, pese a ser más pequeños, se arreglan mejor, y da tiempo a que acabaran las láminas y luego cada grupito me vaya contando la historia (a mí, a las profes, a Ángeles, que sigue por allí apoyándome). Quedamos en que un día regresaré a su clase a que me las cuenten con más formalidad.

Y el resto de la mañana se pasa en un suspiro.

A las siguientes clases ya sólo les cuento el kamishibai. Como son más pequeños, se pueden introducir más elementos dramáticos: que imiten un oso, un zorro, una rana, una hormiga; de broma (señalar al oso y decir que es la rana, que los enanos se parten corrigiéndote).

Cuando llegué a las clases de los más pequeños estábamos agotados: ellos porque era la última hora del día; yo porque estaba del oso hasta el gorro. En lugar de dividir al público y que cada uno hiciera una función, las hacían todos: primero los pasos, luego el “patapum”, finalmente la palabra “agujero”. Mi hijo tocaba el ukelele (en la anterior clase le tocó a otra sobrina) en las partes dramáticas.

Los niños lo hicieron genial y luego las profesoras aconsejaron que contaran ellos la historia. Y así lo hicieron. Iba pasando las láminas y ellos (con sus 3 añitos) desgranaban el cuento.

(Fotos de la actividad aquí )

De toda esta experiencia (agotadora y satisfactoria a partes iguales) he sacado estas conclusiones:

  • Por mucho que se diga, el personal dedicado a Educación tiene pocas vacaciones. Dar clase es extenuante, requiere mucho esfuerzo y dedicación.
  • En este cole había niños con problemas de psicomotricidad, y es un colegio plenamente adaptado para ello. Las maestras hacen una labor de concienciación a los demás alumnos estupenda.
  • Los niños de Primero de Primaria trabajaron mejor en grupo que los de Segundo, a pesar de ser más pequeños… o precisamente por eso (una maestra me decía que, cuanto más grandes, más “ego”, más individualismo).
  • Hay que dejarse aconsejar por los que trabajan con niños, que en todo momento saben qué cosas se pueden hacer y cuáles no.
  • Los niños atienden y escuchan mejor que muchos adultos.

Así que, ya sabéis: haced un kamishibai en vuestras casas. Tenedlo. Os paso un tutorial de cómo hacer uno de cartón aquí. Está bien tener uno en casa.

Como proyectos para futuras manualidades en días de lluvia:

  • Que dibujen sus historias.

  • Que relaten sus historias.

  • Que nos ayuden a crear elementos de sonido con ellas (las maracas son serpientes… ¿qué cosas pueden simular los pasos?).

  • Crear un kamishibai.

  • Copiar un kamishibai a partir de un cuento que les guste mucho.

Desde aquí, gracias al C. P. Veneranda Manzano, a Estela Valverde, a Rosa Piquín, a Javi Díaz, y a Ángeles Pérez.

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