Cuando Hitler robó a la madre de Judith Kerr.

 

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“Cuando Hitler robó el conejo rosa” llegó a mi casa de la mano de Alfaguara, a través de una colección llamada Biblioteca Juvenil, que cada semana iba publicando un libro.

El libro que tocaba ese martes era, pues, éste, y al abrirlo y ver que la protagonista, Anna (alter ego de la escritora) tenía exactamente mi edad, y se disponía a pasar una tarde lluviosa muy parecida a la mía (ella dibujando, yo leyendo), supe que se iba a convertir en uno de esos libros favoritos.

Y se convirtió.

“Cuando Hitler…” es un libro totalmente autobiográfico de Judith Kerr, que simplemente eligió otros nombres por una especie de pudor. Anna es ella, así como Max es su hermano Michael, y sus padres son Papá y Mamá.

Alfred Kerr, el padre, en el que en toda la obra es tratado con una sensibilidad y cariño especiales, fue la razón por la que la familia tuvo que exiliarse de Alemania. Lo hicieron justo antes de que Hitler ganara las elecciones. Y “Cuando Hitler” se centra en ese período: en el éxodo de judíos de Alemania hasta que finalmente estallara la guerra.

La familia de Anna se asienta, primeramente, en Suiza. Y después de un año (glorioso, ellos en un hostal, viviendo en el campo, hasta contemplando la Aurora Boreal) los problemas económicos empiezan (ellos, que eran una familia pudiente. Pero ahora el padre ya no puede publicar), y deciden marcharse a París.

En París, ya como una familia más modesta, nos narran los problemas de adaptación del colegio, las preocupaciones económicas (siempre, siempre soportadas por la madre) y las inquietudes intelectuales de los niños.

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Pero deciden probar suerte en Inglaterra. Y así es como acaba la novela.

Unos meses más tarde, en verano de ese mismo año (1987), Biblioteca Juvenil, que seguía con la interesante colección, publicó “En la Batalla de Inglaterra”, su continuación. Han pasado años. Anna tiene 16, están inmersos en la guerra, y los problemas económicos son terribles.

Su hermano, considerado el más brillante (o al menos el más académico) de los dos, estudia Derecho, todo el mundo le confunde con un inglés (excepto el Gobierno Británico, que le encierra, junto a otros alemanes, en una especie de campos, hasta que consigue salir gracias a la ayuda de su madre), y sólo quiere luchar contra el enemigo, esa Alemania con la que no se siente ya identificado.

Anna, que trabaja de secretaria en un curiosísimo sitio (el único que acepta que ella sea alemana), vive con sus padres en un hotel. Ella no parece tener muchas amigas (eso no supone un problema en la novela), y está unida a sus padres de un modo un tanto infantil. Admira y adora a su padre, del que se desprende que era dulce, agradable, de increíble sensibilidad, y muy empático.

Pero con su madre su relación es algo tortuosa. No mucho, porque Anna no lo es. Es una chica a la que le gusta deambular por Londres, y pintar todo aquello que pasa ante sus ojos.

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Acude a clases de pintura (siempre a instancias de su madre) y allí se enamora de su profesor. Vive con él una especie de historia de amor (de pequeña me parecía que eso es lo que era, pero releyéndolo de adulta me doy cuenta de que no), y en ningún momento le pide consejo a su madre.

De toda la novela se destila una suerte de condescendencia con ella. Su madre la pone nerviosa. Y el caso es que el lector lo entiende, o al menos así lo entendía yo. Una madre de carácter fuerte, intensa, inteligente pero no muy sensible (o eso piensa Anna de ella). Algo ha cambiado desde “Cuando Hitler robó el conejo rosa”, en el que, en el primer capítulo, describe a su madre con alabanzas, “se sabe los nombres de todos los profesores, se acuerda de todo lo que le dices, y cuando le cuentas algo, ella te mira con sus profundos ojos azules”. Su madre come con ellos después de tocar el piano (la madre de Judith Kerr era una conocida concertista).

Jamás volvería a tocar. ¿De dónde iba a sacar la pobre un piano?

Pero en eso, leyendo las novelas, jamás pensé. Ni siquiera cuando, intentando vivir de lo que escribe su padre, al proponerle la madre que escriba otro tipo de cosas para “ganar más dinero”, a Anna le parece obsceno corromper el talento de él. Pero nunca se plantea (ni lo hace el lector), que esa mujer, concertista en Alemania, culta, acostumbrada a los criados, jamás volvió a tocar el piano. Que aprendió a cocinar y coser en Francia, y ahorrar hasta la extenuación en París. Que con su tesón sacó a su hijo mayor del campo en el que estaba encerrado. Que, tragándose el orgullo al visitar a una amiga de la infancia (una igual) conseguía dinero para vivir en el hotel.

Eso no se menciona en los libros. Eso no se agradece.

Y en eso tampoco piensa el lector.

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Las alarmas me saltaron hace poco, al enterarme de que hay una tercera parte, desgraciadamente no traducida al español, A Small Person Far Away. Esa tercera novela transcurre en Alemania; Anna(Judith) regresa con su madre, después del intento de suicidio de ésta.

Se me cayó el alma a los pies.

Empecé a indagar por internet; de Alfred Kerr nos cuenta su final, del que se dejaba traslucir algo en “En la batalla de Inglaterra”. Alfred se suicida. Aunque no es tanto un suicidio como una muerte asistida, algo que siempre había comentado. En sus últimos años había sufrido varios ataques de apoplejía y el último le dejó tan postrado que decidió quitarse la vida. Tenía 81 años. No se puede decir que sea un final terrible. Y estoy segura, convencida, de que la madre de Anna, la mujer de Alfred Kerr, le ayudó.

Pero luego ella se intentó suicidar.

Sabemos, por las novelas, que “era mucho más joven que él”. Y digo “por las novelas” porque en internet, en españolo o inglés, se encuentra poco sobre ella (sí hay en alemán, pero no en inglés, ese idioma que ella hablaba tan bien). Escribes en un buscador “Judith Kerr” y no sólo sale la autora y su padre, sino su hermano (que sería un importante abogado, ok, pero tampoco parece eso como para salir en la Wikipedia), y sus hijos, con nombre y apellidos

A ella hay que buscarla un poco más para saber que se llamaba Julia (en las poquísimas fotos que existen de los 4, el parecido de ellos con las ilustraciones de Judith es pasmoso).

A Julia el tiempo se la tragó. O la guerra. O la indiferencia. Incluida (lo siento, Judith), la de tu hija.

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No he leído la tercera novela, pero alguien que sí lo hizo comenta que “es inferior a las demás porque está más separada, como si no se supiera exactamente lo que piensa la autora. Más desgajada”. Están regresando a Alemania después de tantos años transcurridos (y tantas vidas), después de la muerte del hombre de sus vidas, después de un hecho tan terrible como un intento de suicidio… ¿y es la novela más “fría”?

Judith no supo hacerlo. No supo enfrentarse a eso.

Supo contar, y tan bien, lo que había vivido como exiliada, como refugiada, como combatiente en la guerra… porque era niña. Porque era joven.

Pero cuando tuvo que zambullirse en el “ahora”, no lo logró.

Y con ello acabó traicionando a su madre.

Y la cuestión es, que cuando más pienso en las novelas (me las sé de memoria como sólo te sabes los libros que leíste en la infancia y has releído cientos de veces), más me acuerdo de su madre.

La que acompañó a Anna a ver una película de Cary Grant.

Con la que compró sus primeros pantalones (de campana).

La que, en plena crisis de Anna con el francés, la llevó a una cafetería y le compró un pastel, sacrificando su propia cena.

Es ésa de la madre que me acuerdo.

Pero internet, el tiempo transcurrido, el mundo implacable con las madres… se la ha engullido.

Se llamaba Julia Weibmann.

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Un comentario en “Cuando Hitler robó a la madre de Judith Kerr.

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