Fortún y su revolución

elenafortun

La serie literaria infantil de Celia, escrita por Elena Fortún (seudónimo de Encarna Aragoneses), vio la luz en 1934 como tal, gracias a que el director de la antigua editorial Aguilar decidió incluir una sección infantil en su catálogo. Nacía así “Celia y su mundo”, recopilación con sentido de los relatos que desde 1929 las revistas juveniles Blanco y Negro y Gente Menuda habían publicado.

La serie empieza con las aventuras de Celia, el centro de la serie, el sol sobre el que orbitaron luego los demás personajes. En cinco libros asistimos a las aventuras de esta niña bien de la burguesía madrileña (Celia, lo que dice; Celia en el colegio, Celia en el mundo…). De repente, pasa a un segundo plano (porque Celia crecía), y Elena Fortún dio paso al hermano pequeño, Cuchifritín, al que seguimos durante otros cuatro libros más.

cuchifritin

Lo interesante de esto es que, aunque el estilo era similar (las aventuras de un niño imaginativo y despierto frente a la cerrazón de los adultos), había novedades. Cuchifritín era un niño, el colegio de curas; los tiempos avanzaban, y muchas de las historias se desarrollan en casa del abuelo, en Segovia (elemento campo). Había, pues, novedades.

La saga continúa: el pobre Cuchifritín, “por esta y muchas trastadas”, como le había ocurrido a la niña Celia anteriormente (lo que nos lleva a pensar que más que un castigo, era cosa de los padres el que los niños se educaran lejos) acaba interno en un colegio. Así que Elena Fortún sigue buscando protagonistas.

Pasamos, entonces, a unas primas de Cuchifritín… a las que les han “impuesto” una hermanastra, Matonkikí. Lo más llamativo de estas dos novelas es que la protagonista, además de fea (toda la famila Gálvez era muy guapa) no es exactamente “buena”: Frente a la bondad e inocencia de Celia y Cuchifritín (los lectores sí que veíamos que eran buenos) nos encontramos con una niña que no tiene esa clase de sentimientos. Una niña tirando a mezquina (hay que recordar que le falta su madre) que, por otro lado, es muy, muy graciosa. Estas dos novelas (el tiempo sigue avanzado, inexorable, todos los personajes crecen) se diferencian de las anteriores en que las figuras paternas están presentes. Padre y madre están ahí.

celiamadrecita

Después de esto… la serie cambia. Comienza Celia, madrecita. Una novela juvenil, no infantil. Una novela, ya no sólo una acumulación de aventuras (aunque cada capítulo se centra en una historia). Una novela triste, en la que cambian las tornas. Ha muerto en el parto la madre de Celia, así que la sacan del colegio para que cuide a sus dos hermanas (a Celia, que siempre había sido inteligente y estudiosa). Hay, además, problemas económicos (que no afectan a Cuchifritín, que siendo menos erudito continúa estudiando en un internado inglés).

Toda la novela es meláncolica, y aún siendo tan antigua (la España de antes de la Guerra) atrapa y explica perfectamente el sentimiento de madre primeriza: la soledad, el agobio, la dualidad… Hay un párrafo en el que Celia llora porque lee las cartas de sus compañeras del colegio, que estudian, viven como adolescentes, disfrutan… y ella llora hasta que su hermanita Mila la llamá “mamá”. Esos sentimientos encontrados son los que sigue sintiendo cualquier madre hoy en día. Y son los que debía de sentir la escritora.

Después vendría “Celia en la Revolución”, novela realista, joya literaria que no se publicó hasta 1987 (y que merece una reseña aparte), “Celia Institutriz en América”, y Elena Fortún volvió a buscar nueva protagonista en la hermana pequeña de Celia, Mila. Mila se pierde por el mundo (novelas de viajes, las más aburridas de la saga), hasta ser protagonista absoluta de “Celia se Casa” y “Patita y Mila, estudiantes”, un fresco de la España de la posguerra simpático, alegre y con gracia (por el medio, dos recopilaciones de cuentos que no tienen que ver con la saga, “Los cuentos que Celia cuenta a los niños” y “Los cuentos que Celia cuenta a las niñas”. Ambos han resistido mal el paso del tiempo).

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A pesar de ser Elena Fortún autora de una saga literaria importante, y ser ella una grandísima escritora, se ha escrito poco sobre su figura (y su Celia en la Revolución, la mejor novela sobre la Guerra Civil Española ha sido injustamente olvidada), centrándose todas las biografías en el sucidio de su marido (el padre de Celia en las novelas), el de su hijo (anteriormente a Encarna Aragoneses se le había muerto otro, con 10 años), y en su posible homosexualidad.

Pero todo esto vino después. Las primeras aventuras de Celia fueron escritas cuando a Encarna no le había ocurrido nada de esto (excepto la muerte de Bolín). Y Celia fue un reflejo de la escritora. El reflejo de ella “bueno” (la buena madre) que se adaptó (se casó, feliz; olvidó sus inquietudes literarias; se hizo adulta).

Lo que más llama la atención de Celia, para mí, no es que sea “buena” aunque los adultos la tilden de “desobediente”. Al fin y al cabo, el personaje de “niño bien que se mete en líos sin darse cuenta” ya estaba presente en la Literatura, como el Guillermo de Richmall Crompton. No es la testimonial escritura de Elena Fortún, plagada de puntos suspensivos, capaz de contar tantas cosas con tan pocas palabras, de retratar tan bien las personalidades y las relaciones familiares. No.

Lo que prima es la soledad de Celia. Es una niña solitaria, con padres ausentes. En el primer libro de la saga vemos que pasa mucho tiempo sola, con una madre que sale mucho, que le hace poco caso. Y precisamente muchas de las trastadas las puede hacer porque no hay nadie mirando para ella. Y porque, al estar sola, se le dispara la imaginación. Inmediatamente después, pasa a un colegio, a ser educada por otros. Se llega a perder en el mundo, y es cuidada por un tío soltero durante un curso. Luego el protagonista pasa a ser Cuchifritìn (que acaba viviendo con su abuelo en Segovia, y que durante una temporada vive con Tía Cecilia, la única “mamá” auténtica de la serie), pero como secundaria sabemos que Celia vivía con su tìa Julia, puesto que los padres estaban fuera de España.

Su padre no la vuelve a requerir hasta que la madre muere. Y Celia asume el papel de madre, y aunque está triste por la vida que le ha tocado llevar hay poca mención a la madre que falta. Quizás porque lleva faltando toda su vida.

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Celia, por contra, es más “madre” con sus hermanas de lo que fuera la suya propia. Es más comprensiva con Teresina, más empática. No castiga, no riñe. Y cuando se impacienta admite ante sí misma que no se ha portado bien. Con sus nenas vive la revolución, y tras ellas va, buscándolas, cuando fueron sacadas de España durante la Guerra Civil. Pero luego Celia se casa, y esas niñas pasan, como Celia, a ser cuidadas por otros, por una caterva de señoras o por institutrices. Al menos, se tienen una a la otra. Pero son conscientes de no ser deseadas, de ser un poco incordio: en “Celia se casa” las relaciones con la familia que “las dejan vivir en su piso” son tensas, y no pierden ocasión de recalcarles que están de más.

No hay padres, pues. Los niños están solos. Y creo que hay que incidir en eso, porque aunque Celia sea un personaje positivo, es un personaje triste. Se siente sola. Y sola acaba si tomáramos como final el de “Celia en la Revolución”, con la protagonista pronunciando la lapidaria frase “.

Pero Celia continuó, ¿no? Celia fue institutriz en América, Celia regresó a España, Celia se casó. Sí, pero su autora no. Celia era mitad Elena Fortún, mitad lo que le hubiera gustado ser. Celia era Elena Fortún en la niña que se mete en líos, en la niña que imagina, en la niña que escribe. Celia era la deseada Elena Fortún en su paciencia maternal, en su aceptación de su vida (Celia acepta que ha de cuidar a sus hermanas, Celia acepta que no triunfa en América como escritora, Celia acepta casarse). Elena Fortún, en cambio, siempre luchó entre el ser “buena madre” y realizarse como escritora (no olvidemos que su decisión de escribir fue lo que le salvó de la depresión tras la muerte de su hijo). Elena Fortún, en América, lidió con lo que pudo. Cuando decidió regresar a España su hijo, con la vida hecha en América, decidió quedarse. Su marido se suicidió. Así, Elena volvía a estar sola, como en su infancia. Como en la de Celia. El suicidio de su hijo, años después, no haría sino ahondar más en ese soledad familiar (que no social, porque tanto Celia como Elena tuvieron siempre muchas amigas. Qué gran poder el de las amigas, que fueron las que la animaron a escribir).

Precisamente gracias a “amigas” como Carmen Martín Gaite, como Marisol Dorao… Elena Fortún no ha caído del todo en el olvido. Del todo. En nuestra mano está en que perdure su obra, en encontrarle un final feliz a Encarnación Aragoneses, que nunca lo tuvo. En encontrarle la felicidad que ella sí que dio a su personaje, facilitándole la vida. Haciéndole crear una familia. Haciendo a nuestra Celia, por fin, “normal”.

(Imágenes de la antigua editorial Aguilar y todocoleccion.net)
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